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Noche oswaldiana

Christian Reynoso

Publicado: 2024-04-09

El tole tole. ¿Jueves, viernes, sábado? ¿Qué día es? ¿Qué noche es? ¿De cuándo? ¿Y a dónde vamos? Corre corre, vuela vuelva, seguimos imparables con la collera. Estamos tan locos que nos creemos los inocentes bajo el abrigo de Luzbel que nos manda cervezas y lomitos al jugo para seguir guerreando y llegar a octubre sin esperar milagros en este país que todos los días se cae a pedazos. El tole tole. Barrón sigue adelante, Miguel Ángel apenas bosteza, Bellatin se fue temprano, Caro se quedó a estudiar y Oswaldo y yo seguimos la marcha hacia la noche. El tole tole. Solo falta Escarabajo.

Por la tarde, los tallarines a la putanesca no sobrevivieron al apetito voraz tras los innumerables vasos de naranjas mecánicas que nos macumbearon la cabeza. La mesa redonda de tafetán rojo se quedó vacía de nosotros y ahora solo acoge los libros, botellas y vasos de siempre. La ciudad nos aguarda, los taxis rugen, nuestras gargantas no ven la hora de llegar. El cumpleaños de Oswaldo adquiere un brillo nocturno y longevo una vez que nos sentamos a la mesa del Superba con dos cajas de cerveza. Una muchacha que dice ser estudiante de danza contemporánea en la mesa contigua baila y nos regala su silueta en movimiento.

Salimos al cabo con dirección a Don Lucho, el bar de la rockola risueña, porque necesitamos música y bolero-rock para soportar la furia y los alientos de Lima. La melena blanca de Oswaldo es un bocado inmortal que todos reconocen en la jungla del bar y que ansían tocar. La collera se ha ampliado a siete mesas, y los ochenta años de Oswaldo no son nada y lo son todo porque así es y así será y la puta que los parió, dice un pata que se alucina Colorete. Y que la política, y que la literatura, y que el compromiso, y que los pobres diablos, y que la puta que los parió. Una botella estalla y la espuma serpentea en busca de libertad. Ocho soles al piso, pero por algo será: aplausos para el cumpleañero.

Un olor a frituras y anticuchos se cola desde la calle, pero ya nadie quiere comer porque estamos en el momento de las confesiones y del goce de la piel. Oswaldo habla de sus recuerdos en Arequipa. Los fantasmas que siempre afloran cuando Odría y la revolución del 50, y las barricadas, y los adoquines, y las balas, y San Lázaro, y Yanahuara, y el malecón Missouri, y las picanterías, y los cuadros De la Riva, y la búsqueda de la verdad que luego fue felicidad en Arequipa y en China. Y que hay que seguir viviendo hasta las últimas consecuencias porque cualquier rato te puedes morir, y qué chucha si es así, y y y que siga el tole tole, el corre corre y el vuela vuela. Una manzana, una cerveza.


Escrito por

Christian Reynoso

Escritor y periodista peruano. Magister en Literatura Hispanoamericana. Autor de novelas y libros de investigación y ensayo.


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