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el ultimo tango en parís

“El último tango en París”: animales en el corral

Christian Reynoso

Publicado: 2018-12-05

“El último tango en París” (1972), fue la película que llevó a la fama al entonces joven director de cine Bernardo Bertolucci. Nacido en el norte de Italia, Bertolucci ha muerto el pasado 26 de noviembre en Roma, enfermo y de 77 años. Entre otros de sus films, ya clásicos en la historia del cine, destacan “Novecento” (1976), “El último emperador” (1987) y “Soñadores” (2003). 

“El último tango en París” fue prohibida por muchos años en la propia Italia, además de España, después de su estreno en Estados Unidos, debido a su carácter de sucio erotismo y, especialmente, por la polémica que se desató en torno a la escena en la que el protagonista, el viudo y solitario Paul (Marlon Brando) sodomiza a la bella muchacha Jeanne (María Schneider), y viceversa. A ello se sumaron los entredichos de cómo se filmó la escena. Pero no es propósito de este texto incidir en ello. En mi perspectiva la película no puede reducirse a ese punto.

Propongo una lectura a partir de lo que podemos llamar el “espacio cerrado” ―el corral― que supone, desde su lugar de enunciación, el rechazo a lo convencional, al mundo tradicional exterior, a aquello que está fuera del mundo en el que vivimos: nuestra casa, nuestro departamento, nuestra habitación. Allí adentro donde todo funciona a nuestra voluntad y bajo nuestros códigos, allá afuera donde todo es un caos y no nos sentimos cómodos. Una expresión de individualidad que nos alude tal vez a todos hoy en día.

El piso donde Paul y Jeanne llevan a cabo sus encuentros sexuales y conversaciones es el espacio cerrado, el microcosmos que habitan, donde no son necesarias las identidades y donde todo está permitido y nada es definido. El lugar mío/nuestro ajeno del mundo, donde no hay normas que seguir ni acatar y donde podemos ser tan humanos como animales, libres de prejuicios y conscientes de nuestras imperfecciones, manías y obsesiones. Esto hace que se rebelen pulsiones como por ejemplo el sexo que, tras la atracción perturbadora que se suscita entre ambos, sirve como una forma ―acaso la única― de expiar lo incomprensible de la muerte, la soledad, el desencanto, pero al mismo tiempo, como una forma de creer que se puede alcanzar placidez y seguridad.

Por eso es que cuando Paul y Jeanne salen de este espacio cerrado y caminan por París y entran a un salón de baile todo empieza a derrumbarse, situación que conducirá a un final trágico, insalvable. Porque ellos y la relación que han sostenido no resiste el mundo de afuera y lo convencional que lo nutre: la familia, la religión, el amor, la felicidad, la sexualidad estándar, el sustento laboral. Más bien necesitan transgredir dichos parámetros para seguir coexistiendo. Y eso, tanto ayer como hoy, hace que la película tenga resistencia por parte de sectores conservadores y hoy también feministas.

En la novela homónima escrita por Robert Alley, sobre la base del guion cinematográfico original, publicada un año después del estreno ―y que incluye un epílogo de Norman Mailer―, podemos enterarnos con sorpresa de muchas otras escenas que no aparecen en el film y que enriquecen la historia en términos narrativos. También su lectura nos permite captar con más cercanía la atmósfera gris de Paul y su dolor por la esposa suicida, pero también la belleza de Jeanne y París. “Esa parte, por lo menos, era verdad”.

Publicado en Los Andes (Arequipa). 2/12/2018.


Escrito por

Christian Reynoso

Escritor y periodista peruano. Magíster en Literatura Hispanoamericana. Ha publicado: "El rumor de las aguas mansas" y "Febrero lujuria".


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