De Lavapies a Cortauñas
Christian Reynoso
El reciente destape periodístico que muestra a la congresista Lucinda Vásquez Vela, acolpachada feliz en su oficina, haciéndose cortar las uñas de los pies por uno de sus asesores, en horario laboral, mientras ella habla por celular, es repugnante, tan igual que la mugre política peruana de estos años. Van de la mano. El crecimiento de las uñas de Vásquez Vela está en concordancia con su inutilidad como congresista y conchudez para regodearse y vivir a costa del cargo público. Anteriormente también ha sido cuestionada por contratar como trabajadores a familiares cercanos y sin ningún tipo de experiencia para este tipo de cargo.
Este inmundo hecho trae a la memoria el caso de la congresista “Lavapies”. Rosario Sasieta, en 2009, fue denunciada por una trabajadora de su hogar por insultarla y obligarla a que le lave los pies. Tras la investigación, se concluyó que las afirmaciones de la trabajadora eran falsas, por lo que, más bien, fue hallada culpable de difamación. Después de varios años, la trabajadora fue sentenciada a prisión suspendida y a pagar una reparación civil. En el caso de Lucinda Vásquez, desde luego, la contundencia de los hechos confirma una situación diferente: repugnancia y pedicure a despacho.
Lucinda Vásquez, de 67 años, proviene de la región San Martín y fue elegida congresista por esa región con Perú Libre. Profesora de educación primaria, se dedicó a la docencia en un colegio de Tarapoto, hasta antes de entrar en la política formal. Participó también de la vida sindicalista y en el Frente de Defensa de San Martín. La simpatía con el profesor Castillo la llevaron a intentar un curul. Tuvo apoyo del magisterio. La estética de la buena suerte se cruzó en su camino, tal vez no tanto como el destino de las uñas de sus pies. Sin embargo, como congresista, más allá de abanderada del pedicure artesanal gratuito, no ha destacado. Solo diez proyectos de ley aprobados de tenor declarativo y sin impacto que, para el sueldo que recibe y el tiempo transcurrido, es poco. A ello se suma su conocida costumbre de abstenerse en las votaciones cuando las papas queman.
Tema aparte es el oficio pedicurista del asesor. ¿Cómo entender su rol, cómo asumir su tarea, cómo verse a sí mismo? ¿Estamos ante un pongo moderno al servicio de su jefa, sin dignidad laboral ni humana? No es que cortar las uñas de los pies sea degradante, pero para ello hay espacios y usos y tiempos. En todo caso, al Congreso no se va a cortar uñas. ¿Será por el jugoso sueldo que recibe como asesor? Lógica esta que aplica a la gran mayoría de asesores congresales, de quienes no sabemos qué cosas más rastreras harán con tal de recibir el sueldo. La comisión de Ética ha aprobado investigar a Lucinda la “Cortauñas”, pero de seguro no pasará nada. Más bien, es penoso ver que sus miembros tengan que ocuparse de las uñas crecidas de Lucinda, en vez de destinar esfuerzos a la realidad cruel y violenta que vive el país, aunque para eso no den la talla. Todos tienen las uñas sucias.
Escrito por
Escritor y periodista peruano. Magister en Literatura Hispanoamericana. Autor de novelas y libros de investigación y ensayo.