espera nuevo capítulo

Caramelos chinos bocaditos truculentos

Christian Reynoso

Publicado: hace 1 hora

Solíamos ir a caminar por el Barrio Chino y la calle Capón, como antesala a una ronda de cerveza en el Cordano, en el centro de Lima. No obstante el tumulto de Capón, que había que sortearlo con saña y buen humor, disfrutábamos de los olores de las frituras, los aromas de los inciensos y la nutrida chinería que teníamos a mano, mediante los vendecositas. Caminábamos despacio. Oswaldo sonriente y yo fascinado por lo chinesco-peruano que se operaba en esa callecita en la que dominaba el color rojo y los símbolos de un mundo oculto entre el comercio y la bondad del opio. O eso creíamos.

Íbamos en busca de los market chinos para comprar por paquetes aquellos caramelos que regalaban en los restaurantes chifas después de pagar la cuenta y que, como copos de nieve, se deshacían en la boca, incluida la envoltura, como un acto de magia. Los caramelos del conejo o la coneja White Rabbit, de envoltura azul y roja que eran una delicia, como los conejos y las conejas. Pero no siempre había en stock. “Se han acabado”, decía el chino encargado. Entonces buscábamos las gelatinas negras Guilinggao en lata y nos surtíamos de diferentes sabores para la semana.

Era el turno del Salón de la Felicidad, en Paruro. Había una lista de bocaditos chinos que te entregaban en un papel cometa, con su nombre y número, en el que anotabas el pedido. Yo tenía mi papel guardado en la billetera, de ocasiones anteriores, en el que iba tachando uno por uno los bocaditos que degustábamos. No hacíamos distingos. Seguíamos la numeración con respeto, así que a veces fuesen bocaditos poco agraciados. Íbamos a la mitad del más de centenar de la lista. Oswaldo recordaba pasajes de sus años en China, y yo soñaba con encontrar en Capón un fumadero de opio para hacer un viaje valdelomarliano como en los años diez.

De pronto entraban chinos en grupo, cigarrillos en mano, rostros suspicaces, y se sentaban en un lugar aparte. Los hijos del Dragón Rojo o quien sabe qué, imaginábamos. Llevaban el periódico chino en los sobacos. Y parlamentaban en su idioma y reían. Buda en su altar metros más allá escuchaba sus planes. Y Oswaldo y yo creíamos que ahí no solo se cocinaban bocaditos chinos sino otras recetas más suculentas y truculentas. Pero no nos importaba porque éramos felices en medio de los aromas chinos, la porcelana y los palillos de bambú con los que cogíamos peces grandes y dorados.


Escrito por

Christian Reynoso

Escritor y periodista peruano. Magister en Literatura Hispanoamericana. Autor de novelas y libros de investigación y ensayo.


Publicado en