sabe usar la IA

Viaje a Arapa junto a un ángel

Christian Reynoso

Publicado: 2026-08-11

Los pinkillos bullitas y los suaves golpeteos de los bombos me despiertan del sueño sostenido que he alcanzado después de varias noches. Me deshago de las pesadas frazadas Tigre y poso mis pies en el piso de madera. Las maderas de este segundo piso de esta casona de adobe crujen. Una araña grande se despereza en una esquina de la habitación. ¿Ha pasado la noche allí sin que me dé cuenta? Me da terror, gracias a mi aracnofobia. La pulverizo enseguida y recién me asomo a la ventana. Descorro la cortina y frente a mí se abre el paisaje de Arapa y su laguna azul.

Hemos llegado la noche anterior. El convoy de camionetas parecía una serpiente que abría y cerraba los ojos neón cada vez que los autos frenaban y sus focos posteriores se encendían. Puno – Juliaca – carretera a Huancané – desvío a Arapa. Dos horas. La pantalla multimedia tenía en lista canciones de The Beatles y Vilma Palma. El frío parecía haber dado tregua al viaje, o tal vez los manás y fideos pequeños que mantenían nuestras mandíbulas ocupadas, nos procuraban calor en la noche viajera rumbo a Arapa, para asistir a la ceremonia que tendría lugar al día siguiente, todavía en Chupa, a veinte minutos de Arapa.

Paula entra como un ángel a la habitación. Las maderas vuelven a crujir, pero sus pasos de tres años todavía son livianos para el mundo. ¡Apura!, dice, y sale. En el resto de habitaciones del segundo piso de la casona de adobe hay trajín. Los invitados alistan las galas y se emperifolean. Al cabo, tomamos desayuno, algunos en la casa del famoso padre Degen, que pronto viajará a su natal Zúrich; otros en el restaurante de Julia: thimpu y chicharrón de trucha, mate de muña y jugo de papaya. Son las mismas truchas que viajan desde los criaderos de Arapa hacia Puno para ser degustadas en los restaurantes exclusivos. Y partimos a Chupa. Una carretera curvilínea acompañada de frondosos árboles y eucaliptos con la vista de la laguna al lado. Como un sueño.

Después de la ceremonia, al salir de la iglesia, Paula corre ―o tal vez vuela como un ángel― entre los invitados, con su vestido blanco y su cadenita de la cual cuelgan dijes de plata, para recoger los caramelos y las monedas del cebo tradicional del bautizo a cargo de los padrinos. La gente de Chupa se acerca al oír el tic tic tic de los soles y cinco soles al caer sobre el piso empedrado. Y el frío se ha ido y el sol nos ha amparado, porque los ángeles vuelan mejor con sol. El convoy retorna a Arapa para celebrar con un almuerzo con trucha ahumada y helado artesanal de sabores andinos de postre. Más tarde Arapa queda atrás y seguimos carretera de retorno.


Escrito por

Christian Reynoso

Escritor y periodista peruano. Magister en Literatura Hispanoamericana. Autor de novelas y libros de investigación y ensayo.


Publicado en