“Cuerpos atados”: fragmentos
Christian Reynoso
“Cuerpos atados”, bajo el sello editorial Animal de Invierno, es mi nueva novela, que se presenta el 18 de setiembre en el Fondo de Cultura Económica, en Miraflores, Lima. Comparto algunos fragmentos:
Gina Vente había nacido en Lima. Provenía de una familia de raíces afro que había echado descendencia en La Banda, un pequeño pueblo con inmensas zonas de cultivos en Ica, que hoy estaba considerado como el último palenque del Perú. En esas raíces se fundían sus rasgos, su cabellera zamba y su piel morena. Mientras que su cuerpo, lozano y curvilíneo, había sido ejercitado en la rutina metódica del gimnasio. Ello le había permitido abrirse paso a sus veinticuatro años en el mundo del modelaje amateur. Pero también tenía ocultas pasiones y aspiraciones, y por eso se había unido al maestro Namura como su dorei, cuando tuvo ocasión de ver una de sus sesiones de Shibari, gracias a una amiga que había sido dorei por una corta temporada, y la invitó a conocer ese mundo.
Como las funciones eran los sábados, los domingos por la mañana Gina asistía a su rutina de bicicleta así se cayera el mundo o un terremoto estuviera a punto de destruir Lima. Namura le había dicho que luego de cada función era recomendable estirar los músculos y las piernas y distraer la mente. Gina se ponía los audífonos inalámbricos, buscaba la carpeta de Gondwana, escogía «Sentimiento natural», e iniciaba la rutina en la bien conservada Verónica de su adolescencia, a la altura de Javier Prado con Arequipa.
Una caricia, pero no una caricia cualquiera, frívola o sucia, sino una en la que cupiera el mundo entero, la esperanza y el deseo, era lo que Luisa Pradel estaba buscando desde hacía tiempo. No una caricia impersonal, distante o pagada en metálico o con la tarjeta de crédito, como algunas veces había tenido que hacer, cuando ya no podía más y el cuerpo estaba a punto de estallarle, sino una caricia que implicara compromiso, compañía y placer. Una que le produjera un remezón y le devolviera la confianza en su sexualidad. Una caricia que se deslizara suave por su piel, pero también por los senderos de su interior, como una ola limpia, fresca, que la atrapara en su integridad como mujer, como amante y como la madre que quería ser.
Con esas ideas y deseos despertó Luisa Pradel la mañana del sábado en la amplia cama de su dormitorio; con la luz del nuevo día trasponiendo las persianas y los cristales de las ventanas; con el paisaje distante de los techos de dos aguas y árboles de El Olivar que podía ver desde su departamento, en el piso diecisiete; despertó una vez más con ese bochorno que le dejaba el cuerpo sudoroso y le ponía la mente inquieta.
Escrito por
Escritor y periodista peruano. Magister en Literatura Hispanoamericana. Autor de novelas y libros de investigación y ensayo.